Allá por un 27 de Enero de 2014 empezaba con muchas ganas con un proyecto que hace unos meses he recuperado. Si, empecé con muchas ganas publicando mi primera entrada y lo abandoné poco después. Pero como he dicho, no todos los finales son tristes, este era un punto y aparte.
Un día decidí retomarlo gracias a lo mal que funcionan las editoriales con los autores noveles y me prometí a mi mismo una entrada semanal, lo cual se convirtió en un reto.
Dicho esto, esto no es un punto final, es un punto y aparte. Me ha picado ese mosquito que suele picar un Domingo cualquiera cuyo efecto es que te da por escribir una novela. No sabía ni de qué ni cómo, pero tenía que escribir algo.
No voy a dejar abandonado esta preciosidad de blog pero sí habrá cosillas con menos frecuencia, a cambio, os dejo una breve introducción a un proyecto sin fecha de caducidad:
Notaba que el pulso se le aceleraba. Sus piernas caminaban lo más rápido que podían para no tropezar con las hojas que cubrían el suelo del paraninfo, tenía que salir de allí cuanto antes. La oscuridad y el silencio impregnaban la calle de un toque lúgubre.
Milo jamás habría imaginado que esos quince minutos desde su facultad hasta la boca de metro de Ciudad Universitaria se le fuesen a hacer tan largos. Cualquiera que le hubiese visto le habría tomado por un loco: un joven de unos veinte años corriendo desbocado murmurando sin cesar una serie de nombres ininteligibles…
Se tropezó con un grupo que salía charlando animadamente por la puerta de Biología. Por un momento se planteó entrar y esconderse, ellos no debían de estar muy lejos pero decidió seguir. Tenía que llamar a Kai.
Corría con el corazón en la mano como si le fuese la vida en ello, y en verdad no le faltaba razón.
Enseguida llegó a Odontología y seguido estaba la boca de metro. Decidió entrar por el ascensor porque no sabía si habría alguno de ellos esperándole en el viejo café del metro. Necesitaba llegar a un lugar seguro. No sabía a dónde ir, no estaba a salvo en ningún lado. Madrid tenía demasiadas cámaras y sus amigos no podían protegerle. Bajó los escalones del metro de dos en dos, pasó su abono de transportes tan rápido como pudo por el lector y se abalanzó sobre las escaleras mecánicas sin dudarlo un segundo. Oyó un zumbido a lo lejos e incrementó el ritmo, tras bajar las últimas escaleras llegó al andén y corrió al final de este tan rápido como pudo justo a tiempo para ver como el tren frenaba delante suyo. Entró sin dejar salir siquiera a una pobre anciana,se aferró con fuerza a la primera barra de metal que vio, se estaba mareando. Al ver que nadie le seguía se tranquilizó un poco, pero sabía que no estaría a salvo por el momento, no de ellos. Necesitaba un plan B...