lunes, 28 de agosto de 2017

Gallocanta manda

Cerramos un año mas con broche de oro la que para todos los gallocantinos es la mejor semana del año. De todas las provincias se van dejando caer durante lunes y martes para tener todo listo para el miércoles. Pregón, gorrinera, peto, y a bailar al ritmo de la charanga. Entre botijos y vasos, tubos y jarras, botes y tarros, chupitos y tercios, pasaremos la semana. Seremos la revolución, quizá con algo de descontrol.


Con los huevos fritos en casa de los Reyes. Las remojadas improvisadas. Los que haces pues. Los disfraces. Los futbolines. Las cartas. La cerveza. La gente. Está claro quién manda. Gallocanta manda.

No importa si vives lejos, si te has roto un brazo o si el de los barriles no llega, que no nos van a parar. Que da igual que llueva, que seguiremos bailando la noche entera.

Iremos de mañaneo a casa de los reyes, que no falten ni huevos ni panceta, que en este pueblo tenemos buen comer. Ah, y vino, de eso que tampoco falte.

Entre cervezas y amigos nos hemos juntado un año más los de siempre. Da gusto escuchar a los forasteros decir "la gente de aquí es genial". Porque sin duda, tienen razón. Y no es que me falte humildad pero...hasta tenemos un tanque.

Es esa semana donde la resaca se va acumulando día tras día, donde las tardes son de guiñote y mus, donde las noches son de verbena y recena. Dicen que Gallocanta es un pueblo pequeño, lo que no saben es que entre todos hacemos de este pueblo el más grande. 


Felicitar un año mas a la comisión de fiestas, que sin ellos nada de esto habría sido posible, esos reyes que han sabido estar a la altura del cargo y han aguantado a tope hasta el final y a todos los gallocantinos que, como cada año, demostramos que somos el mejor pueblo del mundo. Que es un orgullo poder presumir por ahí de este pueblo.

Volveremos el año que viene, con más fuerza, más ganas y, posiblemente, más cerveza.


Está claro, Gallocanta manda.



Escudo de Gallocanta.svg

martes, 1 de agosto de 2017

Bajo las olas

Son las historias sin punto las que nos mantienen vivos. Las playas, los atardeceres, las estrellas, el anochecer. Perfectamente colocadas como si alguien las hubiera puesto en su sitio, una a una. Ahí, en el firmamento, bañando las costas doradas.
Los finales, esperados o inesperados los que tan pronto nos sumergen bajo las olas como nos llevan a surcar el cielo. De punta a punta. Recorriendo la ruta 66 con un viejo Cadillac. Con Andrea Bocelli sonando por uno de sus viejos altavoces. Y entonces poder vivir el sueño americano. Una historia sin punto final.

Poder borrar esos tres puntos suspensivos y cambiarlos por ver caer el sol. Un joven principito me habló una vez de un planeta donde el sol se ponía constantemente. Dónde no había puntos suspensivos. Dónde la ilusión y el corazón mandaban sobre la razón.

"Hacer de la locura cordura es el arte de los locos"

Dejarse llevar, apostarlo todo a una carta. Confiar. Confiar siempre, en que las estrellas no están ahí porque sí. Que las costas doradas no están ahí porque sí. Porque si alguien las ha colocado ahí, una a una. También tiene hilos para nosotros, que no estamos aquí porque sí. Que lo mejor está por llegar. Y pase lo que pase, la vida es demasiado corta como para no intentar ser feliz, al menos un poquito, y confiar en que todo saldrá bien.
Hay estrellas que brillan entre las olas. Tienen un brillar especial, un brillar raro, que susurra al oído del que las escucha "viveré".

Conducir a 90, ver los coches pasar, subir el volumen del CD que toque para ese viaje, acelerar, sentir la adrenalina, evadirse de la realidad y respirar. Para poder volver una y otra vez a esos atardeceres sin punto final.