Son las historias sin punto las que nos mantienen vivos. Las playas, los atardeceres, las estrellas, el anochecer. Perfectamente colocadas como si alguien las hubiera puesto en su sitio, una a una. Ahí, en el firmamento, bañando las costas doradas.
Los finales, esperados o inesperados los que tan pronto nos sumergen bajo las olas como nos llevan a surcar el cielo. De punta a punta. Recorriendo la ruta 66 con un viejo Cadillac. Con Andrea Bocelli sonando por uno de sus viejos altavoces. Y entonces poder vivir el sueño americano. Una historia sin punto final.
Poder borrar esos tres puntos suspensivos y cambiarlos por ver caer el sol. Un joven principito me habló una vez de un planeta donde el sol se ponía constantemente. Dónde no había puntos suspensivos. Dónde la ilusión y el corazón mandaban sobre la razón.
"Hacer de la locura cordura es el arte de los locos"
Dejarse llevar, apostarlo todo a una carta. Confiar. Confiar siempre, en que las estrellas no están ahí porque sí. Que las costas doradas no están ahí porque sí. Porque si alguien las ha colocado ahí, una a una. También tiene hilos para nosotros, que no estamos aquí porque sí. Que lo mejor está por llegar. Y pase lo que pase, la vida es demasiado corta como para no intentar ser feliz, al menos un poquito, y confiar en que todo saldrá bien.
Hay estrellas que brillan entre las olas. Tienen un brillar especial, un brillar raro, que susurra al oído del que las escucha "viveré".
Conducir a 90, ver los coches pasar, subir el volumen del CD que toque para ese viaje, acelerar, sentir la adrenalina, evadirse de la realidad y respirar. Para poder volver una y otra vez a esos atardeceres sin punto final.
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